Garcia, el último discípulo
Garcia, último discípulo vivo de la Escuela de Pirambu de Chico da Silva, repasa la historia de la escuela en dos entrevistas grabadas en Fortaleza, Ceará.


José dos Santos Gomes firma sus cuadros como Garcia. Del núcleo original de la Escuela de Pirambu, el círculo de arte naïf que pintó alrededor de Chico da Silva en Fortaleza, es el último pintor vivo y sigue trabajando: cuando el panel colectivo Homens Trabalhando (1977) pasó a la Universidade Federal do Ceará en 2023, el diario O Povo, de Fortaleza, lo señaló como el único artista vivo del grupo. Contó la historia dos veces ante la cámara: en el primer episodio de la serie documental Memória e Imaginário (2024) y en una entrevista con TVDD, un canal de Fortaleza, en febrero de 2026. Casi todo lo que sigue viene de su voz.

El nombre que el registro cortó
La familia venía de Serra Grande, en el interior de Ceará. Cuando el padre se mudó a Fortaleza y fue a registrar a los hijos, contó Garcia a TVDD, el funcionario decidió que cuatro nombres eran demasiados: José Garcia de Santos Gomes salió de la oficina como José dos Santos Gomes. El nombre perdido era el que usaba la familia; sobrevivió en casa, en la iglesia y, al final, en los cuadros. En los mostradores de carnicería donde trabajó después era Santos; en la pintura, siempre Garcia.
Patio contra patio
Garcia vivía a una calle de Chico, patio contra patio. Al volver del colegio, hacia las cinco, se paraba a mirar los dibujos, hasta el día en que Chico le preguntó si quería aprender. Sitúa el comienzo entre los once y los catorce años, según la entrevista, y lo ancla hacia 1965. El aprendizaje iba por etapas: primero llenar los campos dentro de la línea dibujada, con Chico señalando qué parte iba en azul y cuál en rojo. Lo que lo retuvo, dice en el documental, fue el color; a diferencia de los compañeros que construyeron estilos propios, eligió quedarse dentro de la manera de Chico, y ahí sigue. El taller y sus disputas tienen artículo propio, la Escuela de Pirambu. Un recuerdo es solo suyo: los muchachos iban con Chico cuando salía a entregar y cobrar, porque el dinero que no se recogía en el momento amanecía gastado.
Los años fuera
Pintar para Chico no daba para casarse. En 1973 Garcia se fue a São Paulo, aprendió el oficio de carnicero en un supermercado y en 1975 volvió a Fortaleza, al mismo trabajo. A TVDD le contó cómo un homenaje a Chico, entonces todavía vivo, lo puso en el noticiero del mediodía: un compañero de mostrador en el Pão de Açúcar comentó que un pintor que salía en la televisión era idéntico a él, y Garcia lo dejó pasar. El regreso llegó hacia 2000, a los cincuenta años. Dejó telas en el Mercado Central; un coleccionista portugués encontró su teléfono al dorso de un cuadro y le compró tres años seguidos. Gerardo da Silva, nieto de Chico, lo llevó a la galería cuya historia se cuenta en el Instituto Oboé. En la pandemia vendió por Instagram casi todas las cuarenta y tantas telas que guardaba. Desde que la Pinacoteca de São Paulo expuso a la escuela, contó a TVDD, una tela suya terminada se vende enseguida.
Lo que guarda su memoria
Garcia es fuente primaria, y los documentos de época confirman más de un detalle de su memoria. Sobre el material: la escuela pintó gouache sobre cartulina, después acrílico sobre tela, nunca óleo; el aire de óleo era barniz aplicado con una pequeña bomba, y un cuadro de la escuela al óleo es, para él, falso. Sobre la firma: la D y la S trazadas al revés, y un reportaje del crítico Luiz Ernesto Kawall, en 1972, ya describía telas falsas vendidas en hoteles de Fortaleza con la D invertida. Sobre la huella que Chico empezó a imprimir en la pintura cuando supo de las falsificaciones, pronto copiada también por los falsificadores: la crítica Lélia Coelho Frota anotaba, en 1977, la supuesta huella digital en los cuadros que circulaban sin su mano. Y sobre el bestiario: describe un gran pez con una vara que le crece de la cabeza y atrae a los peces menores hacia la boca, bautizado por Chico “o caniço original”. El motivo sobrevive en la Colección João Cunha: Estranho Caniço Original, tela de 2005 de su condiscípulo Babá.
Sobre la autoría no duda: todo lo que se pintó en casa de Chico, bajo su mirada y con su firma, es para él de Chico; las campañas de prensa de la época las lee como un intento de derribar al pintor. Chico murió en Fortaleza el 6 de diciembre de 1985. La razón que Garcia da para seguir pintando, al cierre del documental, es que no quiere que esta historia muera; las pinturas de este catálogo la mantienen a la vista.
Lo que pinta ahora
Las telas que Garcia pintó en 2024 y 2025 están en esta colección, las únicas de aquí pintadas en los años 2020. El bestiario es el que aprendió en casa de Chico: gallos que se encuentran con las garras en alto, peces que abren bocas erizadas de dientes, serpientes anudadas una a la otra.
El color que lo atrapó de niño sigue siendo el asunto. Un ave se planta contra el amarillo plano, el cuello curvado hasta el suelo, con hormigas y una oruga trabajando las hojas a sus pies.
Y los peces siguen cambiando de forma. En una tela, la cabeza moteada de un felino va sobre cuerpo de pez, contra el negro.
Las demás cierran el catálogo de pinturas.
Tapioca y café
En octubre de 2025, el coleccionista João Cunha visitó a Garcia en Fortaleza; lo recibieron con tapioca y café y con el cariño de Garcia, de su esposa, de sus hijos y de sus nietas. De la conversación salió sabiendo más de la historia de la Escuela de Pirambu y de Chico, y volvió con varias telas firmadas por Garcia para la Colección João Cunha. Una de ellas fue donada después al CPDOC do Pirambu.
Alrededor del sofá, junto a las telas que ya tenían dueño, estaban las que Garcia guarda para sí: cuadros que, según él, no están a la venta.
En otro momento de la visita, un pajarito de la familia se posó en la cabeza de João, para la diversión de todos.







