Claudionor, el dibujante
Claudionor (José Claudionor Nogueira, 1945–2010), quien dibujaba los bichos de la Escuela de Pirambu de Chico da Silva: la acera de cemento quemado, los paneles del Mercantil São José, el memorial de 2010 y seis telas en la Colección João Cunha.
José Claudionor Nogueira firma Claudionor. En el grupo reunido en torno a Chico da Silva, en Pirambu, era el dibujante: la mano que trazaba el bicho en la cartulina para que los otros lo llenaran de color. El nombre completo viene del volumen A Escola do Pirambu: um legado de Chico da Silva, organizado por la curadora Flávia Muluc en 2024, que publica sus memorias; en la relación que Roberto Galvão levantó de todos los que pintaron Chicos da Silva aparece como José Cláudio Nogueira, y las dos grafías corren juntas desde entonces. Nació en Maranguape, en la sierra al oeste de Fortaleza, el 2 de noviembre de 1945, y murió en Fortaleza el 18 de octubre de 2010. Buena parte de lo que sigue está en su voz: el memorial que dictó en 2010 con el apodo que le dio Chico, “O Monstruoso Leão Pantera”, presentado por su hija Erika Cavalcanti y publicado por primera vez en aquel volumen de 2024. La Colección João Cunha conserva seis telas que pintó en los años dos mil.
Una acera de cemento quemado
La familia bajó de Maranguape a Pirambu cuando él era pequeño, y el barrio que describe es mitad colonia de pescadores, mitad interior: casas de barro cubiertas de paja, calles mal trazadas, dunas hasta el mar. El padre vendía carbón montado en un burro en las casas ricas de Jacarecanga; la madre lavaba y planchaba ropa. Como la arena entraba hasta la cocina, el padre construyó la única acera alta de la calle, de cemento quemado color grafito, y el niño la leyó como una invitación a dibujar.
Primero fueron los cuadernos, hasta que la palmeta de un maestro lo hizo desistir; en el cemento podía borrar el carbón y empezar de nuevo. Dibujaba a los héroes de la matiné del Cine Majestick, Tarzán y Durango Kid y los demás, y los chicos de las calles vecinas venían a mirar al final de la tarde, antes de que oscureciera, porque Pirambu no tenía luz eléctrica. Entonces lo llamaban Chulezinho.
Un hombre de sombrero de paja, con unos bultos bajo el brazo, empezó a detenerse frente a la acera. Volvía, miraba, decía que los dibujos estaban lindos y subía por la calle Marcílio Dias. Una tarde trajo hojas de cartulina y le pidió al niño una sirena y el Señor de los Pájaros, una figura de la que él nunca había oído hablar y que el hombre actuó allí mismo, con muecas y gestos, imitando bichos furiosos en pelea. Se llevó el dibujo y volvió con más cartulina, unas revistas de historietas y dinero para el cine. Era Chico da Silva, a quien su madre llamaba Chico Pintor. Erika Cavalcanti fecha el encuentro en los ocho años de su padre, lo que sitúa esas primeras hojas alrededor de 1953, una década antes de la llegada de los primeros ayudantes a la casa de Chico, que Galvão ubica a fines de 1963 o comienzos de 1964. El memorial no reconcilia las dos fechas, y lo que describe no es un taller: un niño en una acera, dibujando por encargo para un hombre que pagaba en historietas.
El Señor de los Pájaros se quedó con él. Una tela de esta colección, sin fecha y sin firma, pone a un hombre de barba blanca y ropas claras en medio de una bandada de aves, con el brazo tendido hacia un dragón verde que entra por la derecha.

Quién trazaba la línea
La división del trabajo es el dato más firme del registro. David Silberstein, el politólogo que lo entrevistó para el estudio del circuito que publicó en 1977 en la Revista de Ciências Sociais de la Universidad Federal de Ceará, lo describe así: Claudionor, Ivan y raramente Chico mismo hacían los dibujos; Babá, Ivan y Garcia se ocupaban del color y del punteado; Chico se reservaba el acabado, la mano de barniz aplicada con bomba de flit, la firma y la venta. La monografía de Galvão, Chico da Silva e a Escola do Pirambu (1985), dice lo mismo y agrega que, en la época en que el restaurador Gilberto Brito entraba y salía de la casa, Claudionor solo aparecía de vez en cuando, pero seguía siendo el responsable de los dibujos. La socióloga Gerciane Oliveira, que entrevistó a sobrevivientes del grupo, lo llama su riscador oficial, el que fijaba la línea. Cómo se formó el taller es asunto del artículo sobre la escuela de Pirambu.
Quién llegó primero no está resuelto. Babá fue el primero en pintar con Chico, escribe Galvão, pero Claudionor pudo haber empezado antes en la confección de los dibujos, e Ivan le contó que los blocs de papel ya dibujados que veía en la casa de Chico tenían un trazo parecido al de Claudionor. Claudionor es más directo: Babá no sabía dibujar y, cuando los pedidos apretaban, recortaba sus dibujos para usarlos de molde.
Su propio mercado es la parte que ninguna otra fuente tiene. Vendía papel duplex a Henrique Bluhm, primer marchante de Chico, cortado en dos y cubierto de animales, y dice que quienes pintaban aquello en la Lanchonete D’Caura eran Chico y Babá. Vendía cuadros al marchante Pompeu Braga para que Chico los firmara, lo que, según él, hacían todos los marchantes. Galvão registra un tercer taller en el que Valentin Mickaliuck compraba a Chico cartulinas solo dibujadas, probablemente por Claudionor, y contrataba a un pintor de publicidad para pintarlas. Dibujaba para Gilberto Brito, para Maurício Xerez, para quien se lo pidiera, en papel y tela de todos los tamaños.

Parte del bestiario entró por su mano. Galvão le atribuye un repertorio de tipos fijos, cada uno con dibujo definido y nombre propio, y cuenta que tomó el caimán de la lata del Querosene Jacaré, un petróleo de lámpara, y a partir de esas formas creó dragones. Los gallos están en disputa: Galvão da el primero a Ivan, copiado de la tapa de un cuaderno escolar, mientras Garcia, en entrevista con el canal TVDD de Fortaleza en 2026, dice que la pelea fue desarrollo de Claudionor, y que el movimiento de los bichos vino de él, porque el trazo de Chico era duro. En el volumen de 2024 el curador Lucas Dilacerda escribe la escuela como si tuviera cuadro de profesores, y la materia de Claudionor es el dibujo: líneas que trazan mapas de mundos desconocidos, allí donde viven los dragones.
Doce paneles y un Escarabajo blanco
Los años setenta fueron los años gordos. La demanda creció de manera incontrolable, escribe, había cuadros en las puertas de los hoteles y en el aeropuerto, dibujaba sin parar toda clase de animal, y fue entonces cuando la tela pasó a sustituir el duplex. Después llegó un encargo de otro orden. Los directores de la cadena Mercantil São José estaban construyendo el mayor supermercado del Nordeste y querían al mayor primitivista de Brasil en la inauguración; le ofrecieron un coche a Chico, y Chico cerró el negocio en el acto. Cuando quedó claro que el plazo no esperaría, llamó a Claudionor. Doce paneles de tablero, de 1,22 por 2,75 metros cada uno, para las góndolas de importados. Chico posó para las fotos, subió, dijo qué había que dibujar, dio unas pinceladas, tomó whisky con la dirección y desapareció hasta el día siguiente. Claudionor dibujaba y su mujer, Fátima, llenaba las figuras, los dos trasnochando, ella a café. En la inauguración Chico recibió el coche, un Volkswagen blanco, y Claudionor le pintó un gallo en el capó y escribió en las puertas: “Homenagem do Mercantil São José”.
El empresario Heribaldo Ximenes le trajo más trabajo de ese tipo, incluida otra tienda de la cadena en la avenida Aguanambi. A Brasilia fue dos veces. En la segunda, con Agostinho Ramires, el hombre que se decía sobrino de Chico, montaron una muestra en una concesionaria, la Valença Veículos, y vendieron todo lo que habían llevado. La invitación a la capital había venido, extraoficialmente, de Lucy Geisel, mujer del presidente, y cuando Chico dio ese motivo del viaje a una reportera del Correio Braziliense, llegó la orden de bajar la nota. Claudionor atendió el teléfono en plena cena: el jefe de inteligencia, un coronel Dimas, preguntando quién era el responsable y amenazando con cerrar el diario. Galvão fecha esa individual en agosto de 1977, el mes en que Chico salió de la clínica psiquiátrica, y anota que muchos de los trabajos expuestos tenían el estilo de Claudionor, sobre todo una nueva versión del Jesus dos Pássaros.
1977: su nombre en la tela
La respuesta a la historia de la falsificación tomó forma el mismo año, por el grupo de estudios que el artista Hélio Rôla, Gilberto Brito y Silberstein fundaron en Fortaleza. En marzo, los cinco del núcleo expusieron como “Os Pintores do Pirambu” en la III EXANOR, y fue de esa muestra en adelante que empezaron a firmar con sus propios nombres. La columna “O Homem e as Coisas”, en el Correio do Ceará del 16 de marzo de 1977, escribió que más valía comprar un trabajo firmado por Babá, Francisca, Ivan, Claudionor o Garcia que arriesgarse con una supuesta pintura de Chico da Silva. Al mes siguiente, en el XXVII Salão de Abril, los cinco pintaron ante el público, en la Casa de Cultura Raimundo Cela, a lo largo de siete días, el panel Homens Trabalhando, cuatro metros por dos, con batas y el nombre escrito en la espalda; Rôla, en su calidad de médico, consiguió autorización para llevar a Chico del hospital todos los días, y Chico firmó la obra al final. Marcus Vale y João Vale lo filmaron todo en Super-8. El capítulo 13 del memorial está dedicado a esa semana, y Claudionor trata la película como prueba: en ella Chico dibuja y pinta junto a él y a los otros, y todo el trabajo se ejecutó bajo la orientación del maestro. En julio el grupo llevó el caso al congreso de la Sociedade Brasileira para o Progresso da Ciência, y el tema se debatió en la Pinacoteca del Estado de São Paulo, en una actividad organizada por Aracy Amaral, entonces directora del museo.

El reconocimiento no vino detrás. Dos años más tarde el Correio do Ceará publicó a Chico acusando otra vez a los falsificadores y, en medio de la nota, llamó a Ivan, Claudionor y Vavá tres exfalsificadores que solo recientemente habían pasado a firmar sus propios cuadros. La respuesta de Claudionor, escrita treinta años después, es que la sociedad siguió ignorándolos por temor a confrontarse con lo que ya había comprado, y que la pregunta en el aire era si el cuadro de la pared era un Chico o un Claudionor, un Babá, un Garcia, un Ivan. Su posición sobre el trabajo nunca cambió: no hubo falsificación, porque Chico hacía los acabados y los pelos de los bichos, orientaba y participaba de la hechura.

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Los años en que no pintó
La pelea en torno a la autenticidad lo desgastó, escribe su hija, y años después decidió no pintar más telas. Detestaba que le preguntaran por qué no volvía. Lo que hizo en su lugar fue decoración, y mucha: el Náutico Atlético Clube, en Fortaleza, desde 1990, diecisiete años de Bailes da Saudade; diez años del Maranguape Clube; el Clube Português; carnaval y fiesta de San Juan en Maracanaú, donde después fue homenajeado por mérito artístico, en Pindoretama y en Campina Grande, donde decoró lo que él llama el mayor São João del mundo.
Erika Cavalcanti encontró en una agenda vieja la dirección de la Associação dos Pintores do Pirambu y convenció a su padre de ir. Él volvió a casa contando que allí casi les dio un ataque, porque nadie sabía dónde estaba y lo creían muerto. A mediados de 2004 se reencontró con Garcia y con Babá, y de ese reencuentro salió el encargo que tiene artículo propio, el Instituto Oboé. El capítulo 16 del memorial bautiza el episodio: el renacimiento de la Escuela de Pirambu.
Seis telas
Las seis pinturas de Claudionor en la Colección João Cunha son de ese ciclo tardío, acrílico sobre tela, cinco de ellas fechadas en 2007 y 2008, en formatos cercanos a los 70 por 100 centímetros. Entran en el catálogo con la doble atribución Chico da Silva por Claudionor: el universo es del fundador, el dibujo y la hechura son suyos. Lo que aparece en ellas es el bestiario que pasó la infancia aprendiendo. Un pez del largo de la tela abre una boca llena de dientes, con corazones rosados flotando dentro del cuerpo escamado y peces y aves menores rodeándolo.

En otra tela, dos aves se encaran; una abre en abanico una cola de plumas con ojos rojos y azules en las puntas, y las dos se plantan en una franja de pasto al pie del amarillo plano.

Empezó a escribir a comienzos de 2010, primero en un cuaderno pequeño y después en la computadora, con su hija tecleando porque él ya veía mal. Tenía prisa por terminar, escribe ella, y solo después entendió por qué; murió el 18 de octubre de aquel año. El texto llegó a imprenta en 2024, en el volumen que salió de la muestra del Centro Cultural Belchior, que también reproduce dos telas suyas sin título, de 1973 y 1979, del acervo de Hélio Rôla. Lo último que pide allí es el reconocimiento de su propio trabajo y del de los amigos que vivieron aquello con él. Sus telas están en el índice de pinturas, al lado de las que Chico firmó.

