Aves

Aves de cuello largo, pavos reales, garzas y búhos recorren la obra de Chico da Silva de principio a fin. Estaban en los muros de la Praia Formosa que Jean-Pierre Chabloz vio en 1943 y siguen en los lienzos de los discípulos de la Escuela de Pirambu.

Aves fantásticas, del muro al lienzo

Un atardecer de 1943, Chabloz se detuvo ante unos dibujos a carbón y tiza en las paredes de las casas de la Praia Formosa: grandes pájaros de líneas elegantes, peces algo monstruosos, barcos fantasma. Cuando empezó a encargar trabajos en papel, la hoja que lo convenció de seguir comprando fue una pájara con cuatro crías dispuestas como radios a su alrededor. En los años sesenta las aves ya daban nombre a las obras, como Gavião Real y O Uirapuru, expuestas en 1961. La Tate, en Londres, tiene en depósito O Grande Pássaro, gouache de 1966 sobre contrachapado.

El ave del maestro se reconoce de lejos. El cuello largo se arquea sobre una cabeza pequeña de ojo redondo, y el cuerpo está dividido en zonas, cada una con su propio patrón: hileras de puntos, escamas superpuestas como tejas, corazones. Así es en Ave fantástica, de 1973, y en Pavo real, de 1970, con la cola abierta en ojos de colores. El tema de la primera hoja que compró Chabloz, el ave con sus crías, vuelve en Ave fantástica y polluelos.

Las garzas, las jacanas y los búhos entraron en el repertorio con el taller de Pirambu, a partir de mediados de los años sesenta. En los lienzos que Babá pintó para el Instituto Oboé entre 2004 y 2011, las aves aparecen en parejas, una a cada lado de un árbol, o en bandadas que comparten el cuadro con serpientes y peces, como en Aves, serpiente y búho, que tiene un búho entre las aves.